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Cuando Madrid fue invadida por cangrejos.


Aprovechando los últimos coletazos del verano, quiero recordar los días en los que la capital de España se vio invadida por cangrejos. ¿No me crees? Continúa leyendo… Ya os aviso que no me refiero a esos pequeños crustáceos con pinzas y, en ocasiones, un poquito de mala leche. Entonces, ¿De qué estoy hablando? Como ya he publicado en varias ocasiones, tiempo atrás uno de los transportes públicos más utilizados en Madrid fueron los tranvías.

Llegó a haber 25 líneas operando por toda la capital en un servicio que se inauguró en 1871, con los denominados tranvías de sangre que iban tirados por mulas, y que se mantuvo vigente, con una flota ya mucho más moderna hasta el no tan lejano 1972. ¿Y qué tienen que ver los tranvías con los cangrejos? Muy sencillo.

A primeros del siglo XX se empezó a utilizar un modelo eléctrico Siemens Schuket que, principalmente se dejó ver por los barrios de Salamanca, Argüelles y Chamberí. Estos coches eran de color rojo y, parece que no demasiado rápidos, dada estas particularidades pronto empezaron a ser conocidos como “cangrejos”.


Los cangrejos estuvieron surcando sin descanso las calles de Madrid y transportando a miles de madrileños hasta el año 1934 en el que les tocó ser sustituidos por otros coches más modernos. Unas décadas durante las cuales Madrid, a pesar de no tener playa, vio transitar por sus entrañas a un buen ejército de cangrejos.
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La macabra leyenda que da nombre a la calle de la Cabeza de Madrid.

Cercana a la céntrica plaza de Tirso de Molina, esconde una siniestra leyenda sobre un sacerdote y su criado




Placa de azulejos de la calle de la Cabeza en Madrid - AB
La Calle de la Cabeza, muy próxima a la céntrica plaza de Tirso de Molina, esconde una siniestra leyenda que le da nombre. En la esquina con la plaza de Antón Martín existe una placa de azulejos que no pasa inadvertida. Además del peculiar nombre, en ellos está representada una cabeza cortada, un cuchillo y un carnero degollado. 

Su historia, basada en una leyenda del siglo XVI, tiene por protagonistas a un rico sacerdote y a su criado portugues. Un sirviente, envidioso y acosado por las deudas, que optó por decapitar a su amo y huir a Portugal con todos los bienes del adinerado cura.

El crimen quedó en el olvido y la cabeza del desgraciado sacerdote no apareció. Sin embargo, después de varios años, el sanguinario criado portugués volvió a Madrid, convertido en un respetable caballero. 

En su regreso a la capital, mientras paseaba por el Rastro, decidió comprar una cabeza de carnero para darse un buen festín. Una vez comprada con el dinero que años antes había robado a su amo, escondió la cabeza bajo su capa y se marchó caminando a su nueva casa.

Tras sus pasos, un alguacil vió un reguero de gotas de sangre que brotaban bajo la capa del caballero portugués y decidió detenerle para descubrir que guardaba bajo sus ropajes. «Llevo la cena, una cabeza de carnero que acabo de comprar en el rastro», le dijo. 

Con total seguridad, abrió la capa y cuando fue a mostrar la cabeza de carnero que pensaba cenar asada, el antiguo criado dio un respingo al ver que lo que tenía en su mano era la cabeza de su amo. Estaba chorreando sangre fresca como si acabara de decapitar al rico sacerdote al que había matado tiempo atrás.



El criminal no tuvo más remedio que confesar su crimen y fue ejecutado públicamente en la Plaza Mayor. Tras el casual esclarecimiento del suceso, la calle comenzó a conocerse en Madrid como la de la Cabeza.
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El misterioso asesinato de la fulana Verdier que lleva un siglo bajo investigación.

Tan conocido y tan ruidoso fue el crimen de la calle de los Tudescos en 1907 como el fracaso de la Policía para dar captura al homicida 

Fuente de la imagen : canaldelmisterio 

El jueves 13 de junio de 1907, sobre las dos de la tarde, un grito desgarrador que reclamaba auxilio voló por el cielo madrileño desde el balcón del piso tercero izquierda del número 15 y 17 de la calle de los Tudescos, cerca de la plaza de Callao. Vicenta Verdier, mujer morena, de regular estatura y no muy delgada, yacía sobre un gran charco de sangre con la cabeza casi separada del tronco. 

A sus pies, el único testigo sin voz de los hechos: su perra «Nena». Los periódicos de la época, enseguida dieron cuenta de este «misterioso crimen» que mantuvo en jaque a las autoridades madrileñas durante décadas y del que todavía, un siglo después, se desconoce su autor.

A Vicenta Verdier, natural de Zaragoza, le gustaba andar de cafés en cafés, siempre de la mano de distintos hombres. Los días siguientes a su asesinato, la Policía recibió un sinfín de anónimos que remitían a las idas y venidas de Verdier una casa de citas. En las páginas de ABC publicaron la lista de hallazgos insólitos con los que se toparon en el piso del crimen: ropas de varón, y un reloj, e incluso un libro pornográfico ilustrado.

Tan conocido y tan ruidoso fue el crimen como el fracaso de la Policía para dar captura al homicida. El inspector D. Francisco Cara Blanca escribía, cinco años después del asesinato, un telegrama anunciando la noticia: 

«Tengo la satisfacción de poner en conocimiento que ha sido detenido un individuo de buen porte, que dijo llamarse Salustiano Fernández Morales, soltero, de 32 años y natural de Menorca. 

Desde su llegada a la capital era vigilado porque, a pesar de haberse alojado en uno de los mejores hoteles, se dedicaba a pedir dinero, especialmente a los médicos, figiéndose farmacéutico de Piedrahita. Una vez detenido e interrogado para averiguar sus antecedentes y la causa de su venida a León, terminó confesando ser el autor del asesinato de Vicenta Verdier».



Salustiano fue propietario de una casa de mala nota donde Vicenta vivía. «Había sido empleado de Gobernación con poco sueldo, jugador y amigo de amoríos poco románticos», tal y como le describieron las crónicas de ABC de la época. 

En su espontánea declaración también reconocido que había logrado dar esquinazo a la Policía porque tras perpetrar el crimen había partido rumbo a América, y que después huyó a Santander, Bilbao, San Sebastián y, por último, León, donde fue capturado. 

El día de su declaración ante el Juzgado, Salustiano relató que el día de autos del crimen estuvo con su víctima en el Café Pombo y que, por celos, riñeron. Después se marcharon a la casa de la mujer, donde se produjo ya reyerta. Exasperado por los celos, la increpó de forma brusca, y en medio de la bronca la mató usando la navaja barbera que había en la mesa de noche.

5 sospechosos fugaces

Lo cierto es que Salustiano, que en realidad se llamaba José González, no duró como sospechoso más de una semana. Muchos fueron los personajes curiosos que desfilaron por la comisaría como presuntos autores del crimen.

La primera fue la señora Romillo, esposa de un señor que hacía más de una década había mantenido supuestas relaciones con la Verdier y que tuvo la mala idea de pasarse, en las horas posteriores al crimen, por la calle Tudescos en dirección a Jacometrezo. Después, se detuvo a su marido, en una tragicomedia que acabó con dos policías expulsados por intentar falsificar pruebas y hacer chantajes para acusarle.

En 1913 se detendría a Luis Miguel Rosales, un cordobés que jamás había pisado suelo madrileño. En 1927, Antonio Pérez de la Cuesta, que residía en Estados Unidos, donde se hacía llamar Eddy Ponsshon y estaba vinculado al Ku Kux Klan, se declaró culpable. Un loco más para la colección. Han pasado hoy más de cien años y nadie, aún, ha pagado por el asesinato de la fulana Verdier.

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Un paseo por la historia de Madrid.


Una brillante mañana del mes de Agosto, con el frescor de la hora temprana, paseo por Madrid, mi pueblo, que es Villa desde 1123. De Oeste a Este, y en un hilo menor de dos kilómetros, nos encontramos con escenarios del teatro de la historia: Plaza de Oriente, Plaza de las Cortes y Puerta del Sol. Palacios y fortalezas, fuentes, calles y plazas y el pueblo, son testigos vivos de fechas trascendentales en la histórica capital de España desde 1561. 

Eran los primeros años del siglo XIX cuando se produjeron en España una serie de acontecimientos trascendentales: la invasión francesa y la guerra de la Independencia. Constitucionalismo, absolutismo e inquisición. Dos reyes fueron los responsables de que el ejército aliado de Napoleón ocupara Madrid. 

Dos reyes por la gracia de dios, Borbones y traidores para más señas. El 2 de mayo de 1808, a primera hora de la mañana, la multitud comenzó a concentrarse ante el Palacio Real. Los soldados franceses sacan del palacio al infante Francisco de Paula, para llevarle a Francia con su real familia. Al grito de «¡Que nos lo llevan!», el gentío intentó asaltar el palacio. Apoyado en una farola a la entrada de la calle Bailén, vi llegar a la Guardia Imperial con los mamelucos y la artillería disparando contra la multitud. 

La lucha se extiende por Madrid y al resto de España. El pueblo contra los franceses, los liberales contra los absolutistas reales, Fernando VII contra el pueblo, la razón contra el despotismo y el oscurantismo contra la ilustración. Con el «vivan las caenas» y derogando la Constitución de Cádiz, se entronizó al Rey Felón y a su descendencia. 

El rey Alfonso XIII el Africano, otro Borbón acusado de traición, abandona España. «No tengo hoy el amor de mi pueblo» declaraba. El apoyo real al golpe de estado de Primo de Rivera; los desastres del 98 y la guerra de África; la falta de representatividad política; y la situación calamitosa de las clases campesinas y populares, hacen que las candidaturas monárquicas pierdan las elecciones municipales en 1931. 

A primeras horas de la tarde del día 14 de abril, la Puerta del Sol y el pueblo madrileño vuelven a ser protagonistas de su historia. Subido en lo alto de un tranvía y ondeando la tricolor, vi como la multitud se congregaba frente al Ministerio de la Gobernación (de feroces torturas hoy frescas todavía). Los miembros del comité revolucionario golpean el portalón del Ministerio y gritan: «Señores, paso al Gobierno de la República». Los guardias civiles que lo custodian no tienen por más que abrir. 

El comité se constituye en Gobierno Provisional de la República. El pueblo con sus votos y el rey con su huida hacen posible la proclamación de la Segunda República. El ejército franquista, el fascismo reaccionario y la derecha católica la asesinaron cinco años después. Cincuenta años han pasado y los mismos guardias civiles que abrieron el portalón a la Segunda República, junto con miembros del ejército, impulsados, seguidos y apoyados por una trama que nunca quedó identificada y en nombre del rey, dan un golpe de estado. 

Desde la tribuna de invitados, fui testigo del secuestro del gobierno de la nación y de todos los diputados (aquel 23 de Febrero de 1981 se encontraban reunidos en sesión plenaria). Las armas y el exabrupto, frente a la palabra y la razón. Adolfo Suárez había dejado de ser útil al rey y al sistema. Se dice que el golpe fracasó porque el pueblo sin necesidad de salir a la calle, dejó bien claro que no estaban con el golpe y que ello lo supieron los golpistas. 

No se. También se dijo que el operativo de la asonada militar estaba mal planteado y que las traiciones fueron moneda de cambio. Seguramente. Lo cierto es que el golpe se dio «en nombre del rey» y el rey lo desactivó (después de conocer el apoyo y la opinión de los jefes militares de las capitanías generales). Pero el golpe tuvo consecuencias: como reacción se consolidó el tierno sistema democrático diseñado durante la Transición y se legitimó la Monarquía heredera del franquismo. 

Las Comunidades Autónomas quedaron tocadas. ¿Otras historias, otros lugares, otros protagonistas? Madrid tiene a cientos. Paseando por sus calles, con sosiego, se encuentran. Agosto ha sido un buen momento. Con un botellín de agua de cebada por los calores, los ojos alerta y las piernas largas, aparecen y desaparecen con sus luces y sombras. La imaginación pone lo que falta. 

Aparece publicado en Reflexiones Republicanas (Cultiva Libros 2013) 

 Víctor Arrogante | Eco Republicano  

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El Punto sobre la Historia 01: De la Puerta de Alcalá al Palacio Real.

Madrid 1870. La Puerta de Alcalá fue durante muchos años un lugar de parada de arrieros.

David Botello y Lorenzo Gallardo nos guían en este programa recorriendo Madrid en bici y contando la historia de la ciudad. En esta primera ruta En esta ruta comenzamos por la Puerta de Alcalá; conocemos su historia y a un visitante ilustre: Giacomo Casanova.

En la Isleta de la Gran Vía hablamos de la historia del famoso cuadro de Antonio López. En la calle del Clavel hablamos del amor secreto de Pepe Botella, Teresa Montalvo, y en la calle de Alcalá recordamos el viejo café Fornos y a su visitante más ilustre, el perro Paco.

Nos movemos hasta la Puerta del Sol, donde recordamos el incidente en el que perdió un brazo Valle Inclán. Recordamos a Carlos III y nuestro amigo Carlos Sobera nos cuenta la historia del diablo antifrancés de la Casa del Reloj.
Más abajo, en la Plaza de Isabel II, Miguel Ángel Almodóvar nos explica los excesos sexuales y gastronómicos de Isabel II

Y por último, frente al Palacio Real, en la Plaza de Oriente, desvelamos que Galileo Galilei ayudó en el diseño de la estatua ecuestre de Felipe IV, posiblemente la mejor del mundo en su categoría. Contamos la pesadilla de Isabel Farnesio y cómo llevó a la colocación actual de las estatuas de reyes.

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Duelo de Carabanchel.

Duelo de Carabanchel

El Duelo de Carabanchel, fue un enfrentamiento a pistola que tuvo lugar en la escuela de tiro de la Dehesa de Carabanchel, en la mañana del 12 de marzo de 1870 entre Antonio de Orleans, duque de Montpensier y Enrique de Borbón, duque de Sevilla, en la que el segundo perdió la vida, y el primero sus opciones a reinar en España. 

Antonio de Orleans y su relación con España 

El duque Antonio de Orleans, en su vejez. 

El duque de Montpensier había nacido en Neuilly-sur-Seine en 1824 y era el quinto hijo de Luis Felipe de Orleans, que se convertiría en el rey de los franceses tras la Revolución de 1830. Dedicado a la milicia había combatido valientemente en la conquista de Argelia. 

Cuando tenía 22 años, su padre intentó casarlo con Isabel II, lo que le hubiera convertido en rey de España, pero Inglaterra no podía permitir que Francia y España formasen un bloque continental y amenazó con una guerra. Así, el duque de Montpensier se casó con la hermana pequeña de Isabel II, Luisa Fernanda de Borbón, e Isabel II el mismo día se casó con un pusilánime Francisco de Asís de Borbón, a quien despreciaba porque era incapaz de darle satisfacción sexual. 

Todavía le quedaron esperanzas al duque de Montpensier de ser, si no rey, al menos regente, pues pronto estuvo claro que Francisco de Asís era incapaz de hacerle un hijo a Isabel II. La corona pasaría por tanto a la hermana de la reina o a los hijos que tenía con el duque de Montpensier. Sin embargo, Isabel II remedió las carencias maritales teniendo, con varios amantes, hijos oficialmente legítimos. 

La conspiración contra Isabel II 

Enrique de Borbón 

Perdida pues esta segunda oportunidad, al duque de Montpensier no le quedaba otra que conspirar contra Isabel II, hacerla caer del trono y postularse como sustituto. Fue sorprendido financiando lo que sería la Revolución Gloriosa de 1868 y hubo de exiliarse en Portugal hasta la caída efectiva de Isabel II. Entonces regresó y empezó la campaña por su candidatura al trono vacante. 

Con él sería reina de España la otra hija de Fernando VII, Luisa Fernanda, y tenía el apoyo del general Serrano, uno de los hombres fuertes de la Revolución 1868, el vencedor de Alcolea y jefe del primer Gobierno provisional. El otro contendiente, Enrique de Borbón, venía distinguiéndose desde antes de la Revolución por sus ideas liberales de las que hacía continuo alarde. 

No obstante lo dicho, algunos historiadores[¿cuál?] han creído ver detrás del manifiesto injurioso que firmó contra la persona del duque, la mano de su cuñada, la reina Isabel II, cuyo enfrentamiento con Montpensier era notorio y conocido. Otros autores[¿cuál?] sostienen que la inspiración del artículo fue republicana, partido con el que el infante mantenía contactos. 

En el citado artículo, titulado “A los montpensieristas” se lanzaban injurias varias contra el pretendiente, del estilo de el más decidido enemigo político del duque francés”, cuya persona le inspiraba “hondo desprecio” por su “truhanería política”. Finalizaba el escrito llamando al duque “hinchado pastelero francés”. Montpensier montó en cólera y furioso mandó al infante una carta en la que decía lo siguiente: 

“Muy Sr. Mio. Adjunto es un papel en el cual aparece su nombre. Espero que se sirva V. decirme si lo ha escrito y si está dispuesto a responder de él”, a lo que el destinatario respondió con otra misiva de este tenor:
“Muy Sr. Mío: El papel que me ha remitido y le devuelvo adjunto, está escrito por mí y por consiguiente respondo de él". En la época en que ocurrieron los hechos no era infrecuente que los caballeros resolvieran cuestiones de honor en duelo. 
 En España y en el siglo XIX se batieron ministros, diputados, militares, periodistas, escritores e incluso aristócratas... Para los hombres públicos, la posibilidad de un duelo obligaba a formarse en la esgrima y en el tiro a pistola, para ello proliferaban las salas de armas donde los jóvenes de la buena sociedad se ejercitaban en el arte de la esgrima. 

En Madrid, la pistola se practicaba en el salón de tiro del Círculo Militar o en la Escuela Nacional de Tiro de Carabanchel. En duelo, un tirador avezado gozaba de muchas más probabilidades de salir ileso que un tirador neófito. El duelo era más cruento si se concertaba a pistola rayada, ya que las estrías del ánima proporcionan al proyectil una precisión superior a los que proceden de un ánima lisa.  

El duelo de Carabanchel
 
Desafío entre el duque de Monpensier y Enrique de Borbón (Historia de la interinidad y guerra civil de España desde 1868, Vol. 1) 

Los dos duques llegaron el 12 de marzo de 1870 a la escuela de tiro de la Dehesa de Carabanchel vestidos con la reglamentaria levita negra. Sus padrinos habían discutido las condiciones del duelo con el ritual acostumbrado en aquellos lances de honor, esclavos de una etiqueta caballeresca. 

Al duque de Montpensier le acompañaban tres padrinos, los generales Alaminos y Fernández de Córdoba, y el coronel Solís; a su primo, Enrique de Borbón, los diputados republicanos Federico Rubio, Emigdio Santamaría y Ortiz

Se estableció que dispararían alternativamente, sorteándose el orden y la colocación; se fijó la distancia ( 9 o 10 metros, según las fuentes), marcada por dos piquetes. La víspera habían comprado dos pistolas de duelo en Ormaechea, el armero vizcaíno; se comprobó que no habían sido usadas, que estaban en buenas condiciones y se permitió a los duelistas probarlas. 

El duque de Sevilla no se había molestado en practicar el tiro, parece que el duque de Montpensier sí lo había hecho las dos tardes anteriores. Como tenía defectos de visión, se le autorizó a usar gafas, según recoge el acta. Le tocó disparar primero al duque de Montpensier, que erró el tiro; también falló el duque de Sevilla. El honor ya estaba a salvo, pero al contrario que en otros duelos que se consideraban así resueltos, habían establecido que seguirían disparando hasta que se hiciera sangre. 

El duque de Montpensier hizo pues el tercer disparó de la mañana, con la fatalidad de que impactó justo en la frente de su adversario. El duque de Sevilla cayó por tierra, muerto. 

El ganador del desafío fue por tanto Antonio de Orleans, hijo pequeño del exrey Luis Felipe de Francia, infante de España por su matrimonio con Luisa Fernanda, hermana de la reina Isabel II y desde hacía 24 años pretendiente por diversos medios al trono español. 

Pero esa victoria sería en realidad la mayor derrota de su vida, por la identidad del muerto. El duque de Sevilla era Enrique de Borbón, infante de España por nacimiento y no por matrimonio, nieto y a la vez bisnieto de Carlos IV de España y hermano del rey consorte Francisco de Asís de Borbón, el marido de Isabel II. 

El duque de Montpensier había derramado sangre real española y eso le despojaría de todas las posibilidades de reinar en la Corte de Madrid. La muerte de Enrique de Borbón conmocionó a España y a toda Europa. Dado el carácter de militar del duque de Montpensier –Isabel II le había nombrado capitán general- se le formó consejo de guerra. 

Como solía hacer la justicia en los casos de duelo, se determinó que la muerte del infante había sido “accidental”, y al duque de Montpensier le impusieron un mes de arresto.  

Amadeo de Saboya
 
Retrato de Amadeo I (1872) de Vicente Palmaroli (Museo del Prado). 

Pero el auténtico juicio tuvo lugar en las Cortes a finales de año. Cuando el 16 de noviembre de 1870 las Cortes Constituyentes votaron quién debía ocupar el trono español, el duque francés sólo obtuvo 27 votos, frente a los 191 del candidato del general Prim, el príncipe italiano Amadeo de Saboya

El duque de Montpensier, que se negó a reconocer al nuevo rey, perdió su grado de capitán general y fue desterrado a Baleares, aunque volvería a Madrid al ser elegido diputado por San Fernando (Cádiz). En Madrid volvió a conspirar contra Amadeo de Saboya, como había hecho contra Isabel II, y algunos señalaron su mano como la que pagó a los asesinos del general Prim. 

El más probable ejecutor del magnicidio, el republicano Paúl y Angulo, acusaba al duque de Montpensier de haberlo orquestado, aunque es muy posible que mintiese interesadamente. La hija de Antonio de Orleans, María de las Mercedes Todavía se acercó, aunque indirectamente, al trono de España cuando el joven Alfonso XII, nuevo soberano repuesto después de los fracasos de Amadeo de Saboya y la I República tuvo un flechazo de amor por la hija del duque de Montpensier, María de las Mercedes. 

Pero María de las Mercedes solamente vivió seis meses y un día tras la boda. Y aunque el duque de Montpensier lo intentó, Alfonso XII no quiso casarse con otra de las hijas del “duque francés”.

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